miércoles, marzo 10, 2010
domingo, marzo 07, 2010
Viaje al infierno con el capitán Dye
"Levántate bajo el casco de los marines y lleva a la audiencia a aquel infierno, entre 1942 y 1945". Eso le dijo Tom Hanks, uno de los productores ejecutivos de «The pacific», al capitán retirado de los marines Dale Dye, un ex combatiente de Vietnam reconvertido en actor y asesor militar de muchas de las producciones bélicas de Hollywood. Dye tiene cara de uniforme, cortada a cuchillo, con bigote incluido, y parece un tipo capaz de inyectar a sus alumnos una buena dosis de miedo, dolor y rabia, barro y sangre, agonía y victoria. Estuvo en «Platoon», «Salvar al soldado Ryan», «Hermanos de sangre» y ahora en «The Pacific», que se estrena en la HBO el día 14 y en Canal + y en los sitios habituales de internet 24 horas después.
«The Pacific» ha costado 250 millones de dólares, presupuesto de película grande para una serie de televisión (diez capítulos) pensada para pisar fuerte, con Steven Spielberg y Tom Hanks en la cocina, como productores, y la experiencia de ambos en «Hermanos de sangre» (2001), miniserie mítica ambientada en la vida de los paracaidistas de la Easy Company tras el desembarco de Normandía. Esta vez, la narración nos lleva al Pacífico, los enemigos son los japoneses y la acción se centra en la historia de tres infantes de marina.
Dye ha cuidado los detalles hasta la obsesión. En Melbourne, la ciudad en la que descansó la 1 ª División de Marines tras la batalla de Guadalcanal, reclutó y entrenó a extras aliados, y luego a los que iban a formar parte del ejército japonés. Intentó reproducir al máximo la forma en la que vivían en la selva, con las mínimas comodidades posibles, sin móviles, con poca comida y abundante entrenamiento; dividió a los actores y a los extras en pelotones, bayoneta en mano... «Durante dos semanas fue casi como si hubiéramos estado en las batallas de Tarawa, Peleliu o Iwo Jima».
Etiquetas: Hermanos de sangre, Serieadictos, Spielberg, The Pacific, Tom Hanks
jueves, marzo 04, 2010
lunes, marzo 01, 2010
Hamlet se sube a una Harley
Un club de moteros, droga, armas, algún lugar de California, rock, o ese gospel-blues que aún emociona, «John the Revelator», de Curtis Stigers & The Forest Rangers. Hay mucho cuero, muchas Harleys, una estética Judas Priest, tonos amarillentos, bandas de nombres ominosos, un incierto aroma «hippie» de los años setenta, el tiempo detenido. «Sons of anarchy» (Fox Crime, en Digital +, y, desde mediados de marzo, en Imagenio) es una pequeña joya que quizá usted no vea, una serie que, tras la primera impresión, puede parecer una de gansters en moto, de esos que se lavan poco, se pelean demasiado y viven cada día como si fuera el último, y un rato después, tiene tantas lecturas como para que la revista «Time» la incluyera entre los diez mejores trabajos de 2009.
Detrás de este éxito está Kurt Sutter, guionista, actor y productor de «The Shield», una mente inquieta y pelín retorcida, lleno de tatuajes, con la melena hasta los codos, que contesta en primera persona a sus fans en este blog (sutterink.blogspot.com) y en Facebook y repite a menudo «fuck, yes». De su teclado salió «Sons...» (SOA para los amigos), una compleja estructura de personajes inspirada en Hamlet. El protagonista, interpretado por Carlie Hunnam,
redescubre a su padre muerto, el fundador del club, a través de unas notas que le llevan a dudar de todo: de qué hacen y cómo se ganan la vida; del hombre que sustituyó a su padre (Ron Perlman) y que ahora tiene una relación con su madre; de su ex pareja heroinómana, que ha dado a luz a su hijo, un niño prematuro con graves problemas de salud...
La tormenta de sentimientos convive con el olor a gasolina y las miradas torvas, con las carreteras y los garitos. La atmósfera, a veces, pesa, como en los Soprano, pero en cuanto se despliegan los personajes y sus vidas, ese peso tiene poso, el sonido de la anarquía.
Etiquetas: Radar, Serieadictos, Sons of Anarchy
domingo, febrero 21, 2010
Glee, cantando sobre los dólares
«Glee» es de ese tipo de series a las que te puedes enganchar cinco minutos o cinco años (es un decir, aún no ha terminado la primera temporada en EE.UU.). Tiene tantos fans como espectadores que tiran del mando a distancia, hartos de canciones y secuencias «blandiblú» para adolescentes. Unos y otros ayudan a que Google rebose de referencias, sonrisas y lágrimas, según, desde que se emitió el episodio piloto, y a que siga acumulando premios (los últimos, Globo de Oro a la Mejor Comedia y el galardón del Sindicato de Actores al Mejor Elenco en una comedia) y discos vendidos (en un mes sumó un millón de descargas en iTunes). Se estrena en España el 3 de marzo en Fox y luego en Antena 3 Neox, cuando muchos de sus fans ya se saben de memoria las tramas, los personajes y las canciones, que para eso está internet.
«Glee», el retrato deliberadamente exagerado y caricaturesco de la vida de colegio, incluidas las «cheerleaders», es uno de los trabajos que han dado fama y dinero a Ryan Murphy, creador de «Popular» (otra comedia para «teenagers», precedente de «Glee») y «Nip/Tuck». Es lo que en Estados Unidos llaman «showrunner» o director creativo, un tipo capaz de construir/mantener un mundo propio, y comercializarlo por tierra, mar y aire. Se venden canciones de la serie como churros, en la línea de otros éxitos similares, sobre todo «High School Musical».
La serie, ágil, como una coreografía (nada que ver con «Un paso adelante»), ha explorado todos los mecanismos imaginables para «vender» su producto, desde las giras de promoción modelo «OT» al cariño más o menos real de estrellas como Madonna, que ha cedido sus canciones para un episodio especial, o los rumores, como ése que dice que Bruce Springsteen participará también en un capítulo, o al menos con eso sueñan sus productores, que acaban de firmar una segunda temporada para su invento.
Etiquetas: Fox, Glee, Serieadictos
miércoles, febrero 17, 2010
domingo, febrero 14, 2010
Anna y Anna, rarezas perfectas
Fringe y True Blood son dos series del tipo imán: una vez que pegas los ojos, mal asunto, porque ya no puedes mirar otra cosa. Fringe es mejor que el CSI post Grissom (para quien la vea en Telecinco, aún queda una temporada con el actor William Petersen) y True Blood es infinitamente superior a cualquier otra serie de vampiros de las que pueblan las cadenas. Ambas además comparten un guiño para rastreadores de bellezas raras. En la trama de investigación de fenómenos extraños, la protagonista es Anna Torv (Melbourne, 1979), una rubia que, con el primer golpe de vista, temes cualquier impertinencia, y con el segundo, la redescubres tierna, vulnerable, a menudo con el pelo recogido, pantalones oscuros, navegante entre conspiradores.
A Anna Torv, metida en cualquier misión imposible, resulta difícil imaginarla en una sesión de fotos ligera de ropa para el papel cuché («es condenadamente fea», dicen que dijo, se supone que en broma, el creador de la serie, J. J. Abrams. el mismo de Perdidos). Y, sin embargo, así la hemos encontrado esta semana en una revista de prestigio en Estados Unidos. El posado se intuye en la foto que acompaña estas líneas, pero quien quiera disfrutarlo a mayor tamaño, puede hacerlo en esquire.com. Mientras tanto, en la ficción, la serie avanza hacia el final de la segunda temporada, con una pausa por los Juegos Olímpicos de invierno (en España la emite Canal +) y todos los hilos aún sueltos.
La segunda Anna (Paquin) va de rubia, aunque es de pega. La niña morena de «El piano» es ahora la novia crecidita (en la ficción y en la realidad) de un vampiro poderoso y sexy, y en sus encuentros piel contra piel, que no faltan en True Blood, queda claro que fluye la química. Anna (1982, Winnipeg, Canadá) no se ha operado sus dientes prominentes, lo que le da ese aspecto de perfecta imperfección que tienta, imposible apartar la mirada.
Etiquetas: Fringe, Radar, Serieadictos, True Blood
miércoles, febrero 10, 2010
La disputada bolsa de Google
En la cabeza de los detectives de la novela negra siempre aletea un consejo: sigue la pista del dinero. En este caso, mucho dinero: el de las operadoras de telefonía, el de Google, las inversiones en la red, la publicidad… (sigue).
Etiquetas: Google, internet, Telefónica
lunes, febrero 08, 2010
El anuncio de Google en la Super Bowl
- Los vídeos de la Super Bowl.
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domingo, febrero 07, 2010
Re(blog)ución en Cuba
- "Siento un terror que casi no me deja teclear, pero quiero decirles a esos que hoy me amenazaron junto a mi familia..." (sigue).
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Jackie Kennedy y la casa-pocilga
El día que enterraron a John F. Kennedy, Edith Bouvier Beale y su hija —tía y prima de Jacqueline— se vistieron de luto en su casa de East Hampton, Nueva York, y lloraron conmovidas. Era una imagen absurda. Una mansión de catorce habitaciones y dos damas de la alta sociedad rodeadas de basura y descuido, abandonadas por sus amantes, y, de repente, el asesinato de Jack, la viuda detrás del féretro en la televisión, sus lágrimas. Unos años después, al comienzo de los 70, Jackie fue a visitar a sus dos parientes. No podía creer lo que veía, lo que había leído en un reportaje del National Enquirer. La casa era un estercolero, toneladas de desperdicios malolientes, mapaches, gatos, ventanas cerradas. Una de las mujeres más admiradas del mundo en aquella casa de su infancia, junto a Edie -madre e hija- y el infierno en que habían convertido sus vidas, a punto de ser desahuciadas por la policía. Les ayudó, claro, a reconstruir Grey Gardens, la casa en la que viviría Edie madre hasta su muerte.
Jessica Lange y Drew Barrymore interpretan a los dos mujeres, tal vez en dos de los papeles más brillantes de su carrera, en una «tv movie» de la HBO que emitirá en España Canal +. A Drew le han dado el Globo de Oro a la mejor actriz, y «Grey Gardens» recibió el premio a la mejor película para televisión. En sus caras, en sus arrugas, en sus voces, vemos su caída en picado desde las fiestas del hotel Pierre de Nueva York a las miradas huidizas detrás de un visillo. ¿Cómo dos miembros de la «realeza» estadounidense pudieron terminar en el síndrome de Diógenes, en una casa junto al mar convertida en cubo de basura?
Las dos Edie huyeron de los hombres convencionales —«busco un compañero de baile, no un marido» —dice Drew Barrymore—, soñaron con un escenario y los aplausos. Quizá por eso aceptaron hacer un documental con su historia, rodado por los hermanos Maysles. Esa película sirve en «Grey Gardens» como hilo conductor de dos vidas extrañas, tan lejos de la Jacqueline evanescente.
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domingo, enero 31, 2010
Perdidos en los libros de Lost
El final se acerca. El más esperado. El secreto mejor guardado, casi a la altura de la fórmula de la Coca-Cola, bajo siete candados y cientos de contratos de confidencialidad. ¿Cómo terminará «Perdidos»? ¿Tendrá algún sentido el laberinto de la isla? La respuesta, en la sexta y última temporada de la serie, que se estrena el 2 de febrero en la ABC (Estados Unidos), el 9 a las 21.30 horas en la Fox (en España) y a las 22.15 en Cuatro, en abierto. Nunca habíamos visto una velocidad parecida, salvo quizá con «Flash Forward». Una señal de los nuevos tiempos: internet no permite la espera. Ningún serieadicto aguantaría semanas o meses sin darle al «download».
«Lost» tiene tantas aristas como para llenar varias tesis doctorales sobre televisión, publicidad viral, redes sociales... E incluso otra sobre la importancia de los libros en la serie. Un detalle que tiene enganchado a más de uno. Desmond se llevó a la isla «Our mutual friend», la última novela completa de Charles Dickens. Pensaba abrirlo y leerlo antes de morir. Sawyer lee una novela de Agatha Christie, «Maldad bajo el sol»; «La colina de Watership», de Richard Adams, o «La invención de Morel», de Bioy Casares. Un capítulo de la tercera temporada lleva por nombre «Stranger in a Strange Land», el título del libro de Robert A. Heinlein. En el último capítulo de la quinta temporada, Jacob lee un libro de Flannery O'Connor. El recuerdo de Pala, la isla de la ficción de la novela de Aldous Huxley, está en el cartel «Pala Ferry». Y el alias que usa Ben en uno de los episodios, Dean Moriarty, es el nombre del protagonista de «On the road», de Kerouac.
«Rebelión en la granja», las «Crónicas de Narnia», «El corazón de las tinieblas», «Carrie», «De ratones y hombres»... El juego de referencias literarias es continuo en «Perdidos», una serie para ver, para construir una urbanización de teorías y para leer e imaginar relaciones y sospechas.
Etiquetas: literatura, Lost, perdidos, Radar
jueves, enero 28, 2010
Fernando Rubio
Cuando éramos felices, antes de la crisis y de aquella tos extraña e indomable, solíamos quedar a cenar cada 30 de diciembre. Fernando y Adriana venían de la nieve por la mañana, a menudo de alguna encerrona en la carretera, de los paisajes helados del norte. Entonces, cuando el horizonte era azul, sin nubes, hablábamos de fútbol, cine y efectos especiales, de cómics, de periodismo, de lo que no hacíamos y habría que hacer. Él siempre quería hacer, a pesar de que su curriculum como pionero de la ilustración en prensa ocupa varios folios. Unos años atrás, muchos, le conocí en aquella especie de ático de Serrano, 61 donde hacíamos el Blanco y Negro, y donde también tenía su despacho -es un eufemismo- la sección de ilustración. Era la prehistoria. Sus chicos, como les solía llamar, troceaban con cúter, pegaban, entintaban, daban esplendor. Fernando (nacido en Buenos Aires, Argentina) hacía más. Su talento siempre estuvo por encima del día a día. Sus dibujos, como sacados de aquella cosecha roja de la novela negra estadounidense, aleteaban sobre las miserias del espacio. "Tienes dos columnas". Podías olvidar cien "tartas" de la sección de Economía, pero raramente sus trazos para la histórica sección de Sucesos. Bromeábamos al respecto. Le decía: lo tuyo no tiene mérito, mis reportajes me llevan días; tus viñetas, minutos. "Me ha costado muchos años llegar a esos minutos", contestaba. Venía de Diario 16, de sus cómics para diferentes editoriales de Francia, Alemania, España o Argentina; de ilustrar novelas, de husmear en el futuro. Empezó a ir a congresos y a recibir premios. Despegaba entonces una manera diferente de poner datos en imágenes, lo que en argot llamamos "infografía". Pasaron los años. Dibujó los guiones que parieron algunos de aquellos plumillas del Blanco y Negro, como José Manuel Nieves; descubrió un lugar en el Mediterráneo en el que se sentía en paz, cuidó de Adriana y de sus dos hijas, hizo más libros, más encargos, descubrió hasta la última entretela de las posibilidades de su Mac, e intuyó los malos tiempos, aquella tos sospechosa. Nos lo dijo después del verano. La cuchillada de la noticia, contada sin compasión, sus esperanzas. "Voy a salir de ésta". Venía casi cada semana por el periódico, quizá para confirmarnos que seguía en la brecha. Luego ya no. El tratamiento. El dolor. La debilidad. Las llamadas de teléfono. Alexis Rodríguez, otro de sus amigos, nos mantenía al día. Esta mañana, el sonido demasiado temprano del móvil aventuraba el fundido en negro.
Etiquetas: Fernando Rubio, Personal
