sábado, febrero 24, 2007
Crónica desde el infierno verde
Escribo desde una esquina del fin del mundo, en Puerto Nariño, a dos horas aguas arriba de Leticia, la capital del departamento del Amazonas colombiano. Hace una hora que ha atardecido sobre el gran río, y una de esas tormentas tropicales que dan miedo, violentas y fugaces, descarga sobre este pueblo de -dicen- cinco mil habitantes. Hasta hace un rato, muchos de ellos caminaban por unas calles en las que están prohibidas las motos y los coches, en las que sólo se escucha el rugido del motor de las lanchas que se aproximan a algo parecido a un embarcadero. A oscuras, el cauce inmenso y la mancha verde de la Amazonía impresionan aún más, como una amenaza invisible, llena de ruidos sospechosos, o quizá, mejor, como una promesa de lo que vendrá mañana, la zambullida en los lagos cercanos, los delfines rosas, la raya en el agua que dejan los paquebotes que ahora dormitan en la orilla. Son las siete y diez del viernes, madrugada en España, sesenta horas después de que un taxi me dejara en el aeropuerto de Barajas. El viaje ha sido largo, aunque bastante menos que aquella ruta que siguió Francisco de Orellana en el siglo XVI desde los Andes al Atlántico.
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1 comentarios:
que paso con el resto de la historia, lo escrito es agradable
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