En uno de los vídeos que promocionan la aplicación que más ha revolucionado a los internautas en los últimos tiempos vemos un vinilo, una cinta de casete, un cd, un iPod y, al cabo,
Spotify, otro paso adelante en la evolución que ha derribado el cómodo edificio en el que vivía la industria de la música. Por resumirlo, nos encontramos ante una especie de iTunes (el organizador de Apple), con un catálogo de canciones inmenso, legal (tras los acuerdos con las grandes compañías), «on line» (para tenerlo a nuestra disposición en cualquier ordenador) y gratis (aunque hay versiones de pago). Casi toda la discoteca planetaria ordenada y lista para escuchar, con la posibilidad de crear nuestras listas de reproducción o de escuchar las de nuestros amigos. «Lo más grande desde Napster», escribió eufórico un conocido periodista.
Spotify, de origen sueco, está todavía en fase beta, y requiere una invitación, aunque, si le tientan estas líneas, podrá suscribirse y bajarse el programa desde
esta dirección. Luego, todo es tan perfecto que da miedo que sea efímero: funciona con una rapidez asombrosa, está el último disco de Bruce Springsteen (entre otros muchos), hay música española, tiene radio (al estilo de last.fm) y empizan a surgir aplicaciones complementarias para compartir listas/música, como
spotifylists.com.
En cuanto a su modelo de negocio se apoya en la publicidad —todavía casi inexistente— para la versión gratuita y en las suscripciones para quien quiera olvidarse de los anuncios. Eso sí, no se pueden descargar canciones, al menos por ahora. Habrá que ver si este nuevo reproductor que tanta fascinación provoca sirve también para disminuir la afición por el p2p (siete millones de españoles toman canciones de internet, el 96 por ciento sin pagar, según una encuesta muy reciente).
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