domingo, junio 21, 2009

House es el rey del mundo

«He dicho que soy un adicto, no que tengo un problema». El doctor House dispara frases como Billy el Niño tiraba de revólver. Una bala detrás de otra. Pero la que aquí citamos podrían firmarla casi todos sus seguidores, enganchados a su gesto áspero, casi siempre intratable. Al genio le duele la vida. Se toma un par de pastillas de vicodina. Desgarra como un carnicero la fibra sensible de sus colaboradores. Últimamente, tiene alucinaciones: le persigue el fantasma de Amber, se hunde en las pesadillas. Un beso (Cuddy, su jefa, le decía en el penúltimo capítulo de la quinta temporada: —Quieres besarme, ¿no? Y él contestaba: —Siempre quiero besarte) alimenta la esperanza, aunque durante el achuchón todos fuéramos conscientes de que su caso no puede tener un final feliz. La quinta temporada de House termina en Cuatro el martes, justo cuando hemos sabido que es la serie dramática más vista del mundo: 81,8 millones de espectadores durante 2008, por delante de CSI, que hasta ahora mandaba en la clasificación. Sorpresa: los científicos de la policía van por detrás de las frases-látigo de un médico cojo que cada semana se enfrenta como puede a su dolor y a un caso digno de «Misión imposible», a la soledad y a la irrefutable convicción de que «todo el mundo miente». House empieza con H de Holmes, el detective de inteligencia ácida que inspiró el personaje. Hay decenas de guiños para avisados. Por citar tres: Holmes vive en el 221B de Baker St., el mismo número de la casa de nuestro médico; Watson y Wilson, sus amigos/confidentes, tienen un perfil intercambiable; y la primera paciente de House se apellidaba Adler, como Irene Adler, nombre clave en el universo Holmes. Y veremos más. La sexta temporada está más cerca. Para despedir la quinta suena una canción que da pistas: As tears go by.

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