Cuando éramos felices, antes de la crisis y de aquella tos extraña e indomable, solíamos quedar a cenar cada 30 de diciembre. Fernando y Adriana venían de la nieve por la mañana, a menudo de alguna encerrona en la carretera, de los paisajes helados del norte. Entonces, cuando el horizonte era azul, sin nubes, hablábamos de fútbol, cine y efectos especiales, de cómics, de periodismo, de lo que no hacíamos y habría que hacer. Él siempre quería hacer, a pesar de que su curriculum como pionero de la ilustración en prensa ocupa varios folios. Unos años atrás, muchos, le conocí en aquella especie de ático de Serrano, 61 donde hacíamos el Blanco y Negro, y donde también tenía su despacho -es un eufemismo- la sección de ilustración. Era la prehistoria. Sus chicos, como les solía llamar, troceaban con cúter, pegaban, entintaban, daban esplendor. Fernando (nacido en Buenos Aires, Argentina) hacía más. Su talento siempre estuvo por encima del día a día. Sus dibujos, como sacados de aquella cosecha roja de la novela negra estadounidense, aleteaban sobre las miserias del espacio. "Tienes dos columnas". Podías olvidar cien "tartas" de la sección de Economía, pero raramente sus trazos para la histórica sección de Sucesos. Bromeábamos al respecto. Le decía: lo tuyo no tiene mérito, mis reportajes me llevan días; tus viñetas, minutos. "Me ha costado muchos años llegar a esos minutos", contestaba. Venía de Diario 16, de sus cómics para diferentes editoriales de Francia, Alemania, España o Argentina; de ilustrar novelas, de husmear en el futuro. Empezó a ir a congresos y a recibir premios. Despegaba entonces una manera diferente de poner datos en imágenes, lo que en argot llamamos "infografía". Pasaron los años. Dibujó los guiones que parieron algunos de aquellos plumillas del Blanco y Negro, como José Manuel Nieves; descubrió un lugar en el Mediterráneo en el que se sentía en paz, cuidó de Adriana y de sus dos hijas, hizo más libros, más encargos, descubrió hasta la última entretela de las posibilidades de su Mac, e intuyó los malos tiempos, aquella tos sospechosa. Nos lo dijo después del verano. La cuchillada de la noticia, contada sin compasión, sus esperanzas. "Voy a salir de ésta". Venía casi cada semana por el periódico, quizá para confirmarnos que seguía en la brecha. Luego ya no. El tratamiento. El dolor. La debilidad. Las llamadas de teléfono. Alexis Rodríguez, otro de sus amigos, nos mantenía al día. Esta mañana, el sonido demasiado temprano del móvil aventuraba el fundido en negro.
jueves, enero 28, 2010
Fernando Rubio
Etiquetas: Fernando Rubio, Personal
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

2 comentarios:
¿Murió Fernando? Joder, primero Osvaldo, ahora Fernando... Le conocí en casa de Osvaldo, y después vino algunas veces por GEO, porque nos hizo varios dibujos. No llegué a conocerle a fondo pero parecía buena gente. Una putada, demasiado joven para irse...
Un abrazo,
Rodolfo
Gracias Juanfran recién hoy lo veo...Son tantas las redes, tantos los sitis y los comentarios...Un beso al mes y dos dias despues...
Adri
Publicar un comentario en la entrada